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Mi vagina es una calle fantasma. Le dieron ojos y mordiscos, pero no le dieron voz. La hicieron en mí con prisa, y con pulgas, y nos cosieron a ambas como si en alguna combinación de la baraja (de la lenta baraja) pudiésemos llevarnos bien. Nadie pisa la calle. No hay nadie que acuda a sus fiestas o que prepare una cena o que pasee con las manos en los bolsillos, con un cigarro y una mano ardiendo en los bolsillos. No hay tiendas ni restaurantes ni estaciones: ni una sola persona ha gastado nunca un euro en la fantasmagórica vena de mi Ciudad. Las brújulas la evitan. Las brujas la respetan. Mi vagina es un puente bizco. Su Historia, y esto lo sé porque tengo mucho frío, no forma parte de ninguna historia. De sus curvas solo se conoce un pequeño mapa que se perdió una vez. Que se quemó una vez. O eso dicen, porque sobre esta calle hay leyendas: leones, esqueletos, ojos que se abren en el cemento y dicen padre nuestro que estás. Padre nuestro que estás. Mi vagina es
la única calle que importa en la Ciudad.
Y la anuncian una valla de carteles y una flecha luminosa y los gritos de alguien que una vez grabó el asco. Y la cercan cuchillas y perros domésticos y bolsas de basura. Que rezuman flores. Que rezuman babas. No hay anuncios, pero todos andan hacia allí. En un punto (a dos kilómetros, cuando las orejas de los perros empiezan a asomar por encima de los montes y las náuseas) se paran y se miran y se dicen qué hacemos y se ponen a rezar porque la Ciudad les ha enseñado a tener miedo. De esa calle rota. De esa calle intransitable. Ciudadanos asustados: las leyendas son ciertas. Todas y cada una de ellas. Yo, omnipresencia depresiva, las repartí hace mucho. Porque es la verdad, porque juro que es la verdad. Porque la verdad es mía. Porque tengo frío y mi vagina es
la única calle que importa en la Ciudad.
No me une. Entre ella y yo no hay espacio. Entre ella y yo no hay tránsito. Se puede ir a todos los sitios de la city (consultar guía turística en caso de pérdida o abatimiento) sin pasar por la valla y la flecha y los perros que comen pienso de estrellas. Mi madre me diseñó así. Cuando nací me dijo: padre nuestro que estás. Padre nuestro que estás. Cuando nací no había ratas, pero hubo que actuar. Atentados. Y pintadas. Y destrozos. Todas las cosas hacia allí, todas las cosas formando una fila que apuntaba con las uñas hacia allí. Como si no hubiera otra calle. Como si no hubiera otro dolor. Todo pasó deprisa: casi no grité cuando mi vagina se convirtió en
la única calle que importa en la Ciudad.
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